LAS LOSAS AGRIETADAS DEL CAMINO QUE HAY QUE SALVAR (Parte 4)

Cuando los hermanos despertaron al día siguiente, se acordaban del robo, y César hablaba de fabricar una antena protectora para evitar que entrasen ladrones; Octavia añadía que con ella se enviarían mensajes al arcoíris. Elena no quiso indagar para qué, porque, obviamente, en ese momento no tenía recursos para preguntar, y tampoco quería perder tiempo más tiempo; pensó que lo mejor sería seguir la rutina y llevar a los mellizos al colegio, así estaría libre para ir a la oficina de la guardia municipal y denunciar el robo como propuso la señora Picasso la noche anterior.

Nada más llegar al colegio, los chiquillos contaron a todos el asunto del robo; las madres escuchaban atentas y a Elena le pareció ver en alguna, una sonrisa maliciosa de diversión por lo que estaba oyendo. Pensó que las mujeres ya tendrían tema para hablar durante los próximos días; mientras, Octavia seguía contando lo que pasó con todo tipo de detalle, incluso, alguno más de su propia cosecha. Pero, nada más entrar los hermanos, la madre regresó deprisa para arreglar el destrozo de la casa, y terminar el cigarro de marihuana. El día anterior, sólo fumó un par de caladas y el cuerpo ya le estaba pidiendo algo para calmarse. Tenía tiempo de todo eso antes de salir a poner la denuncia.

No había pasado una hora cuando la señora Picasso fue a buscarla. Elena se dio cuenta de que la vecina había notado el olor del cigarro; a ella no le gustaba que oliera aunque fuera un remedio medicinal para sus nervios y dolores, pero daba la impresión de que no aireaba bien la habitación y no quería parecer una mala ama de casa. Aún así, la señora Picasso y su esposo eran muy atentos y, a pesar de tener un bebé en la cuarentena, se habían ofrecido para ayudarla en lo que fuera necesario. Elena opinaba que el matrimonio se había apercibido de la conducta de los niños y que, conociendo la situación por la que estaban pasando, se compadecieron de los tres.

Las dos mujeres fueron a la oficina a presentar la denuncia con el pequeño Pablito que, a pesar de ser sólo un lactante, estaba dando muestras de tener carácter porque no se durmió ni un momento, pero a su madre tampoco se le veía molesta ni le prestaba mucha atención la mayoría de las veces. Elena se preguntó si sus hijos habrían sido así con esa edad; cuando nacieron, su marido ya había contratado a la nana que se encargó de ellos, mientras ella pasaba la cuarentena en absoluto reposo; nunca había dedicado tiempo a estar con ellos hasta que pasó lo del accidente. Se acordó de Joaquín y pensó que él murió sin haber conocido a sus hijos como le habría pasado a ella de haber muerto también.

En el despacho de la guardia municipal, la señora Picasso, con el bebé en brazos, era la que explicaba los detalles del robo y el hombre sólo se dirigía a ella para preguntar, como si Elena no estuviera presente; se dio cuenta de que, de no ser por su vecina, nadie la habría atendido por culpa de su mutismo. Lo único que hizo fue estar allí de pie escuchando y pensando porque, desde que salió del hospital, se distraía con todo y se le iba el santo al cielo, sobre todo, después de fumarse uno de sus cigarros medicinales. Pero, gracias a Dios, el guardia no puso mucho interés en el caso y salieron pronto; dijo que ya avisarían si encontraban algo, y Elena imaginó que tampoco iban a poner empeño en ello. De todos modos, era miércoles y esa tarde tocaba consulta con el alienista; sólo tendría tiempo de recoger a los niños, estarían una hora en casa e irían al doctor para empezar con la terapia.

Cuando los críos regresaron a casa, Elena les preparó una onza de chocolate con pan; ella no había comido porque quería gastar lo mínimo para pagar la terapia del alienista, y ya iba notando el estómago que tenía vacío desde el día anterior. Los niños no quisieron comer en la cocina y pidieron ir a su habitación. A Elena le pareció bien porque así estaría tranquila un rato antes de irse al doctor y, desde allí, veía a los mellizos entrar y salir de su cuarto. No sabía qué se traían entre manos pero, parecía que el robo había aumentado su sentido de la responsabilidad y los niños se llevaron las escobas y el caballete donde se tendía la ropa; mientras no fueran a lavarla, ella estaba tranquila.

Durante la consulta con el alienista, los niños se portaron de maravilla. Elena estaba asombrada por el cambio que mostraban: no se pegaron mientras iban por la calle, César no tuvo ningún ataque de agresividad porque le molestara la ropa o los zapatos. Ni siquiera se fijaron en que había losas agrietadas, y una vez dentro, el niño sólo tuvo un par de episodios en los que se ponía a aletear con las manos o se pegaba en la cabeza, pero que no impidieron continuar con la terapia. El doctor dijo que, pronto, empezaría con ella a practicar la voz y le enseñó la manera de mostrar algunas letras con las manos; empezó con la letra “p” y la “m”. Los niños aprendieron pronto y Elena estaba feliz por poder practicar las letras con las manos, al tiempo, que tenía que ejercitar el sonido: en ambas letras, tenía que hacer una pequeña explosión con la boca; en la “p” con la boca contraída y en la “m” estirando las comisuras de los labios. La madre pensó empezar a practicar esa misma noche, después de acostar a los niños, mientras confeccionaba algunas de las batas de escolares que le habían encargado las monjas.

A la vuelta de la consulta, la vecina que vivía al lado, la oyó llegar y salió al rellano para decirle que se asomara al balcón. Fue al cuarto de los niños y allí, se encontró las dos escobas unidas en vertical con la cuerda de tender la ropa enrollada a los palos, y atadas al balcón como si fuera una antena. Arriba, habían colocado figuras de estrellas y lunas, recortadas con la tela que las monjas habían dado a Elena para que hiciera las batas, y bailando al compás de la brisa vespertina. La madre pensó que la marihuana para los nervios aún estaría haciendo efecto porque pudo contener su explosión de nervios ante la otra mujer, y todavía sonrió cuando esta le comentó que sus hijos, aunque tuvieran sus manías y rabietas, eran muy inteligentes. Elena, en ese momento, sintió que le ardían las mejillas; no sabía bien si por el orgullo, o por la vergüenza.

Después de que los niños se durmieran por fin, ya no tenía fuerzas para quitar el artefacto que habían montado los críos y, ni mucho menos, para ponerse a hacer batas escolares con los retales que Octavia había dejado sanos. Se recostó en su cama y comenzó con el ritual que cada vez iba siendo más habitual: cuando salió del hospital, sólo recurría a la morfina un par de veces la primera semana, pero hoy, después del disgusto del robo y todas las novedades que se habían producido, pensaba que bien se merecía recurrir a ese entumecimiento delicioso que hacía que se olvidara de su terrible dolor de espalda.

Una vez recostada en su cama y casi dormida, se preguntó cómo sería tener dos hijos normales.

Olga Lafuente.

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